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THE WHITE HOUSE

Oficina del Secretario de Prensa

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PARA PUBLICACIÓN INMEDIATA

25 de enero, 2011

 

Declaraciones del Presidente Barack Obama – Versión Preparada

Discurso sobre el Estado de la Nación

Martes, 25 de enero, 2011

Washington, DC

 

Versión Preparada -

 

Sr. Presidente de la Cámara de Representantes, miembros del Congreso, distinguidos invitados y conciudadanos:

 

Esta noche quiero comenzar felicitando a los hombres y mujeres del 112º Congreso, como también al nuevo presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner. Y en esta solemne ocasión, también tenemos presente el escaño vacío en esta Cámara y rezamos por la salud de nuestra colega –y nuestra amiga– Gabby Giffords.

 

No es ningún secreto que nosotros, los aquí presentes esta noche, hemos tenido nuestras discrepancias en los últimos dos años. Los debates han sido contenciosos; hemos luchado encarnizadamente por nuestras convicciones. Y eso es bueno. Eso es lo que exige una democracia robusta. Eso es lo que ayuda a distinguirnos como nación.

 

Pero existe motivo por el cual la tragedia en Tucson nos dio qué pensar. En medio del ruido, fervor y animosidad de nuestro debate público, Tucson nos recordó que independientemente de quiénes somos o de dónde venimos, cada uno de nosotros es parte de algo superior, algo de mayor trascendencia que un partido o preferencia política.

 

Todos somos parte de la familia estadounidense. Creemos que en un país donde se puede encontrar toda raza, religión y punto de vista, seguimos unidos como un pueblo; que compartimos esperanzas y un credo común; que los sueños de una niñita en Tucson no son diferentes a los de nuestros propios hijos, y que todos ellos merecen la oportunidad de hacerse realidad.

 

Eso también es lo que nos distingue como nación.

 

Ahora bien, de por sí este simple reconocimiento no dará inicio a una nueva era de cooperación. Lo que surja de este momento depende de nosotros. Lo que surja de este momento no lo determinará si nos podemos sentar juntos esta noche, más bien, si podemos trabajar juntos mañana.

 

Considero que sí podemos. Considero que debemos hacerlo. Quienes nos enviaron aquí esperan eso de nosotros. Con su voto, han determinado que el gobierno ahora será una responsabilidad compartida entre partidos. Sólo se aprobarán nuevas leyes con el respaldo de demócratas y republicanos. Avanzaremos juntos o nos estancaremos, ya que los desafíos que enfrentamos son más importantes que un partido y más importantes que la política.

 

En este momento lo que está en juego no es quién ganará las próximas elecciones; al fin y al cabo, acabamos de tener elecciones. Lo que está en juego es si se originan nuevos empleos e industrias con raíces en este país o en otro lugar; si se recompensa el arduo esfuerzo y laboriosidad de nuestro pueblo; si podemos mantener el liderazgo que hizo de Estados Unidos no sólo un punto en el mapa, sino una luz en el mundo.

 

Estamos listos para el progreso. Dos años después de la peor recesión que la mayoría de nosotros jamás ha conocido, la bolsa se ha recuperado con fervor. Las ganancias de las corporaciones son más altas. La economía está volviendo a crecer.

 

Pero nunca hemos medido el progreso con tan sólo estos indicadores. Medimos el progreso conforme al éxito de nuestro pueblo; por los empleos que pueden encontrar y la calidad de vida que ofrecen dichos empleos; por las posibilidades de éxito de un pequeño empresario que sueña en convertir una buena idea en una empresa próspera; por las oportunidades de una vida mejor que les legamos a nuestros hijos.

 

Es en este proyecto que el pueblo estadounidense quiere que trabajemos. Juntos.

 

Eso hicimos en diciembre. Gracias a los recortes tributarios que aprobamos, los cheques de pago de los estadounidenses hoy en día han aumentado. Toda empresa puede deducir el costo total de las nuevas inversiones que haga este año. Estas medidas, tomadas por demócratas y republicanos, harán que la economía crezca, y se sumarán puestos de trabajo al más de 1 millón de empleos generados en el sector privado el año pasado. 

 

Pero nos queda más trabajo por hacer. Las medidas que hemos tomado durante los últimos dos años posiblemente hayan terminado con esta recesión, pero para ganarnos el futuro necesitamos acometer desafíos que existen desde hace varias décadas.

 

Muchas de las personas que están viendo esta noche probablemente puedan recordar tiempos cuando encontrar un buen empleo significaba presentarse en una fábrica cercana o un negocio en el centro. No siempre era necesaria una carrera, y la competencia se limitaba prácticamente a los vecinos. Si uno trabajaba duro, lo más probable era que tendría un trabajo el resto de su vida, con un salario decente, buenos beneficios y un ascenso de vez en cuando. Quizá incluso tendría el orgullo de ver a sus hijos trabajar en la misma compañía.

 

Ese mundo ha cambiado. Y para muchos, el cambio ha sido doloroso. Lo he visto en las ventanas tapiadas de fábricas otrora prósperas y las vitrinas vacías de calles principales antes concurridas. Lo he oído en la frustración de estadounidenses que han visto la disminución de sus cheques de pago o la desaparición de sus empleos; hombres y mujeres orgullosos de su trabajo que piensan que les cambiaron las reglas a medio partido.

 

Están en lo correcto. Las reglas han cambiado. En una sola generación, las revoluciones tecnológicas han transformado nuestra forma de vivir, trabajar y hacer negocios. Las siderúrgicas que alguna vez necesitaban 1,000 trabajadores ahora pueden hacer el mismo trabajo con 100. Hoy en día, prácticamente toda empresa puede iniciar operaciones, contratar trabajadores y vender sus productos dondequiera que haya una conexión de Internet.

 

Mientras tanto, países como China e India se dieron cuenta de que con algunos cambios propios, podían competir en este nuevo mundo. Y entonces comenzaron a educar a sus niños antes y durante más tiempo, con mayor énfasis en matemáticas y ciencias. Están invirtiendo en investigación y nueva tecnología. Hace poco, China se convirtió en la sede de la mayor planta privada de investigación solar del mundo y la más rápida computadora del mundo. 

 

Entonces, sí, el mundo ha cambiado. La competencia por empleos es real pero esto no debe desanimarnos. Debe motivarnos. Recuerden que por todos los golpes que hemos sufrido en los últimos años, todos los fatalistas pronosticaron nuestra caída, pero Estados Unidos aún tiene la mayor y más próspera economía del mundo. No hay trabajadores más productivos que los nuestros. No hay país con más empresas exitosas ni que otorgue más patentes a inventores y empresarios. Es aquí que se encuentran las mejores universidades e instituciones de enseñanza superior del mundo, donde más estudiantes vienen a estudiar que en cualquier otro lugar del planeta.

 

Es más, somos el primer país que se fundó para beneficio de una idea: la idea de que cada uno de nosotros merece la oportunidad de forjar su propio destino. Por eso, durante varios siglos, pioneros e inmigrantes lo han arriesgado todo para venir aquí. Es por eso que nuestros estudiantes no simplemente memorizan ecuaciones, sino responden a preguntas como “¿Qué piensas de esa idea? ¿Qué cambios harías en el mundo? ¿A qué quieres dedicarte de adulto?”

 

Depende de nosotros ganarnos el futuro o no. Pero para lograrlo, no podemos quedarnos de brazos cruzados. Como nos dijo Robert Kennedy, “El futuro no es un regalo. Es un logro”. Mantener vivo el Sueño Americano nunca ha sido solo cuestión de terca firmeza. Ha requerido que cada generación se sacrifique y luche y cumpla con lo que exige cada nueva era.

 

Ahora nos toca a nosotros. Sabemos lo que se requiere para competir por los empleos y las industrias de nuestros tiempos. Necesitamos innovar más, educar mejor y construir más que el resto del mundo. Debemos hacer de Estados Unidos el mejor lugar del mundo para hacer negocios. Debemos asumir la responsabilidad por nuestro déficit y reformar nuestro gobierno. Es así que nuestro pueblo prosperará. Es así que ganaremos el futuro. Y esta noche me gustaría hablar sobre cómo llegar allí.

 

El primer paso para ganar el futuro es fomentar la innovación en Estados Unidos.

 

Ninguno de nosotros puede predecir con certeza cuál será la próxima gran industria ni de dónde vendrán nuevos empleos. Hace 30 años, no podríamos habernos imaginado que algo llamado el Internet llevaría a una revolución económica. Lo que sí podemos hacer –lo que Estados Unidos hace mejor que nadie– es fomentar la creatividad e imaginación de nuestra gente. Somos el país que puso autos en las calles y computadoras en las oficinas; el país de Edison y los hermanos Wright; de Google y Facebook. En Estados Unidos, la innovación no simplemente nos cambia la vida. Es con ella que nos ganamos la vida.

 

Nuestro sistema de libre empresa es lo que impulsa la innovación. Pero debido a que no siempre ha sido rentable para las empresas invertir en investigación básica, en el transcurso de la historia, nuestro gobierno les ha proporcionado a científicos e inventores de punta el respaldo que necesitan. Eso es lo que plantó las semillas del Internet. Eso fue lo que ayudó a hacer posible cosas como chips de computadora y el sistema de posicionamiento mundial.

 

Solo piensen en todos los empleos bien remunerados –desde los de producción industrial hasta el sector minorista– que se han derivado de dichos avances.

 

Hace medio siglo, cuando los soviéticos se nos adelantaron en el espacio con el lanzamiento de un satélite llamado Sputnik, no teníamos idea de cómo llegaríamos antes que ellos a la luna. Aún no contábamos con los conocimientos científicos necesarios. NASA ni siquiera existía. Pero tras invertir en mejor investigación y educación, no sólo superamos a los soviéticos, sino que iniciamos una ola de innovación que creó nuevas industrias y millones de nuevos empleos.

 

Este es el momento Sputnik de nuestra generación. Hace dos años, dije que debíamos alcanzar un nivel de investigación y desarrollo que no veíamos desde la cúspide de la carrera espacial. En unas semanas, remitiré un presupuesto al Congreso que nos ayudará a cumplir con ese objetivo. Invertiremos en investigación biomédica, informática y especialmente tecnología de energía limpia; una inversión que aumentará nuestra seguridad, protegerá al planeta y generará innumerables empleos nuevos para nuestra gente.

 

Ya estamos viendo las oportunidades que brinda la energía renovable. Robert y Gary Allen son hermanos que tienen una pequeña compañía de techado en Michigan. Después del 11 de septiembre, ofrecieron a sus mejores obreros para ayudar a reparar el Pentágono. Pero la recesión los afectó mucho, y su fábrica estaba operando a la mitad de su capacidad. Hoy en día, con ayuda de un préstamo del gobierno, ese espacio se está usando para fabricar tejas fotovoltaicas que se están vendiendo en todo el país. En palabras de Robert, “Nos reinventamos”. 

 

Eso es lo que los estadounidenses han hecho durante más de 200 años: se han reinventado. Para impulsar más casos de éxito como el de los hermanos Allen, hemos comenzado a reinventar nuestra política energética. No estamos simplemente entregando dinero. Estamos lanzando un desafío. Estamos diciéndoles a los científicos e ingenieros de Estados Unidos que si constituyen equipos con los mejores cerebros en su campo, si se concentran en los problemas más difíciles de energía limpia, financiaremos los proyectos Apolo de nuestra era.

 

En el California Institute of Technology, están desarrollando una manera de convertir energía solar y agua en combustible para nuestros vehículos. En Oak Ridge National Laboratory, están usando supercomputadoras para que nuestras instalaciones nucleares produzcan mucho más energía. Con más investigación e incentivos, podemos acabar con nuestra dependencia del petróleo, con biocombustibles, y convertirnos en el primer país en tener 1 millón de vehículos eléctricos en marcha para el 2015.

 

Necesitamos apoyar esta innovación. Y para ayudar a pagarla, le estoy pidiendo el Congreso que elimine los miles de millones de dólares de los contribuyentes que actualmente les damos a las compañías petroleras. No sé si se han dado cuenta, pero les está yendo muy bien solas. Entonces, en vez de subsidiar la energía del pasado, invirtamos en la de mañana.  

 

Ahora bien, los avances en energía limpia sólo se convertirán en empleos de energía limpia si las empresas saben que habrá un mercado para lo que están vendiendo. Por lo tanto, esta noche los desafío a que se sumen a mí para fijar un nuevo objetivo: para el 2035, 80% de la electricidad Estados Unidos provendrá de fuentes de energía limpia. Ciertas personas quieren energía eólica y solar. Otras quieren energía nuclear, carbón no contaminante y gas natural. Para alcanzar este objetivo, necesitaremos de todos, e insto a los demócratas y republicanos a que colaboren para hacer que esto suceda.

 

Mantener nuestro liderazgo en investigación y tecnología es crucial para el éxito de Estados Unidos. Pero si queremos ganarnos el futuro –si queremos que la innovación produzca empleos en Estados Unidos y no en el extranjero– entonces también tenemos que ganar la carrera para educar a nuestros niños. 

 

Pónganse a pensar. En los próximos 10 años casi la mitad de todos los nuevos empleos requerirán educación superior, no solo estudios secundarios. Sin embargo, hasta un cuarto de nuestros estudiantes ni siquiera están terminando la secundaria. La calidad de nuestra enseñanza de matemáticas y ciencias es inferior a la de muchos otros países. Estados Unidos ha pasado a ser el noveno en términos de la proporción de jóvenes con un grado universitario. Entonces la pregunta es si nosotros, como ciudadanos y como padres, estamos dispuestos a hacer lo necesario para darle a cada niño la oportunidad de tener éxito.

 

Esa responsabilidad no comienza en nuestras aulas, sino en nuestros hogares y comunidades. Es la familia la que inculca primero en un niño el amor al aprendizaje. Sólo los padres se pueden asegurar de que la televisión esté apagada y que se hagan las tareas. Necesitamos enseñarles a nuestros niños que no solamente el ganador del Super Bowl merece su respeto, sino el ganador de la feria de ciencias; que el éxito no depende de la fama ni relaciones públicas, sino de trabajo arduo y disciplina.  

 

Nuestras escuelas comparten esta responsabilidad. Cuando un niño entra a un aula, debe ser un lugar de altas expectativas y alto rendimiento. Pero muchas de nuestras escuelas no pasan esta prueba. Es por eso que en vez de simplemente arrojarle dinero a un sistema que no está funcionando, iniciamos una competencia denominada “Carrera a la Cumbre” (“Race to the Top”). A todos los 50 estados les dijimos, “si nos muestran los planes más innovadores para mejorar la calidad de los maestros y el desempeño estudiantil, les daremos el dinero”. 

 

Race to the Top es la reforma más significativa de nuestras escuelas públicas en una generación. Por menos de 1% de lo que gastamos en educación todos los años ha llevado a más de 40 estados a aumentar sus estándares de enseñanza y aprendizaje. Estos estándares no fueron desarrollados por Washington, sino por gobernadores republicanos y demócratas en todo el país. Y Race to the Top debe ser la estrategia que sigamos este año al reemplazar el programa Para que ningún niño se quede atrás (No Child Left Behind) con una ley que es más flexible y se centra en lo mejor para nuestros niños.

 

¿Ven? Sabemos lo que es posible para nuestros niños cuando la reforma no es una orden que viene de arriba, sino la labor de maestros y directores, juntas escolares y comunidades locales.

 

Consideren una escuela como Bruce Randolph en Denver. Hace tres años, era considerada una de las peores escuelas en Colorado; estaba ubicada entre los territorios de dos pandillas rivales. Pero en mayo, 97% de los estudiantes de último año recibieron su diploma. En su mayoría, serán los primeros de su familia en ir a la universidad. Y después del primer año de la transformación de la escuela, la directora que lo hizo posible se enjugó lágrimas cuando un estudiante dijo, “Gracias, señora Waters, por demostrar… que somos inteligentes y podemos lograrlo”. 

 

Recordemos también que después de los padres, quien tiene mayor impacto en el éxito de un niño es el hombre o la mujer al frente de la aula. En Corea del Sur, a los maestros les llaman “forjadores de la nación”. Aquí en Estados Unidos, es hora de que tratemos a las personas que educan a nuestros niños con el mismo nivel de respeto. Queremos recompensar a los buenos maestros y dejar de inventar excusas para justificar a los malos. Y en los próximos 10 años, en los que se jubilarán de las aulas muchos miembros de la generación del Baby Boom, queremos preparar a 100,000 nuevos maestros en los campos de ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas.

 

De hecho, a cada joven que me escucha esta noche y que está considerando qué carrera estudiar: si quieres tener un impacto en la historia de nuestra nación, si quieres tener un impacto en la vida de un niño, hazte maestro. Tu país te necesita.     

 

Evidentemente, la carrera educativa no termina con un diploma de secundaria. Para competir, todos los estadounidenses deben tener acceso a educación superior. Es por eso que hemos eliminado los subsidios innecesarios a los bancos con dinero de los contribuyentes y usamos lo ahorrado para hacer que los estudios universitarios estén más al alcance de millones de estudiantes. Y este año le pido al Congreso que dé un paso más y haga permanente nuestro crédito tributario por matrícula universitaria, que vale $10,000 por cuatro años de estudios.

 

Como la gente necesita poder capacitarse para nuevos empleos y carreras en la cambiante economía de hoy, también estamos revitalizando las universidades comunitarias de Estados Unidos. El mes pasado vi lo que ofrecen estos centros de enseñanza superior como Forsyth Tech en Carolina del Norte. Muchos de los alumnos solían trabajar en fábricas locales que han cerrado. Kathy Proctor, madre de dos hijos, trabajó en una fábrica de muebles desde que tenía 18 años. Y me contó que ahora está estudiando biotecnología, a los 55 años, no sólo porque ya no hay empleos en fábricas de muebles, sino porque quiere inspirar a sus hijos a también ir en pos de sus sueños. Como dijo Kathy: “Espero que esto les recuerde que no deben darse por vencidos”.

 

Si damos esos pasos, si elevamos las expectativas para todos los niños y les damos las mejores oportunidades posibles de recibir una buena educación, desde el día que nacen hasta el último trabajo que desempeñan, lograremos la meta que tracé hace dos años: que para fines de esta década, Estados Unidos tenga la más alta proporción de graduados universitarios en el mundo. 

 

Un último punto sobre la educación. Hoy, hay cientos de miles de estudiantes sobresalientes en nuestras escuelas que no son ciudadanos estadounidenses. Algunos son hijos de trabajadores indocumentados, que no tuvieron nada que ver con los actos de sus padres. Crecieron como estadounidenses, juran fidelidad a nuestra bandera y, sin embargo, viven cada día bajo la amenaza de deportación. Otros vienen del extranjero a estudiar en nuestras instituciones superiores y universidades. Pero apenas obtienen su título, los enviamos de regreso a su país para que compitan contra nosotros. No tiene ningún sentido.

 

Ahora bien, estoy firmemente convencido de que debemos acometer, de una vez por todas, el asunto de la inmigración ilegal. Estoy listo para trabajar con republicanos y demócratas para proteger nuestras fronteras, hacer cumplir nuestras leyes y tratar con los millones de trabajadores indocumentados que ahora viven en la clandestinidad. Sé que el debate será difícil y tomará tiempo, pero esta noche, acordemos hacer el esfuerzo. Y dejemos de expulsar a jóvenes responsables y de talento que pueden trabajar en laboratorios de investigación, empezar nuevas empresas y contribuir al enriquecimiento de esta nación.

 

El tercer paso para ganarnos el futuro es reconstruir Estados Unidos. Para atraer nuevas empresas a nuestras costas, necesitamos las vías más rápidas para transportar gente, productos e información, desde trenes de alta velocidad hasta Internet de alta velocidad.

 

Nuestra infraestructura solía ser la mejor, pero ya no somos los primeros. Las viviendas de Corea del Sur ahora tienen mejor acceso al Internet que las nuestras. Rusia y países en Europa invierten más en sus carreteras y ferrocarriles que nosotros. China construye trenes más rápidos y aeropuertos más nuevos. Mientras tanto, cuando nuestros propios ingenieros evaluaron la infraestructura de nuestra nación, nos dieron una “D”. 

 


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